"SÓLO LAS PUTAS."
Sólo las putas saben mi tristeza. Paso por el escaparate apagado de una tienda de animales y sólo el olor a comida fermentada y caniches abandonados me reconoce.
No el vecino al que me cruzo y saludo con una sonrisa, ésa que siempre me sale. Como un estúpido acto reflejo, como una mentira que, curiosamente, funciona.
No la taquillera que me vende una entrada, escapatoria de dos horas dentro de una película que no esté en mi cabeza. Pero que no logra nada.
No mi madre a la que resumo un fin de semana con paraguas y ratos de sol. Sólo le mentí en parte.
Sólo las putas. Será que ellas sí saben de intercambios ciertos, de abrazos fríos que calientan, de corazas. Sólo ellas me ven pasar y entienden que hoy no.
lunes 26 de mayo de 2008
Sólo las putas
domingo 18 de mayo de 2008
El patio de mi casa
"EL PATIO DE MI CASA..."
(...es particular.)
Sé que no es la vista que Virgina Woolf habría soñado (ni yo) desde su cuarto, ni los arcos de la Plaza Mayor ni una playa del Sur, pero hasta los 18 años fue mi paisaje, y desde el miércoles lo ha vuelto a ser gracias a eso que algunos llaman teletrabajo, otros homeoffice, otros más petardos freelanceo… Trabajar en casa, y esta vez, la casa de mis padres.
Yo viví en Córdoba hasta que cogí la maleta y me fui a estudiar a una universidad del Norte, como a mí me gustaba decir por aquel entonces, porque me sonaba a novela de Gaite o Delibes. Suelo volver cada tres o cuatro semanas, algo que mis amigos de Madrid a menudo me reprochan… ¿Otra veeeeez? Pues sí, hijo, es lo que tiene. Suelo responder eso, cuando en verdad quiero decir que me apetece, que me viene muy bien ese regresar a un lugar donde saben lo que fuiste hasta los veintipocos, que es saber mucho. Mucho. Uno crece, cambia, se descubre, se vuelve a descubrir, pero siempre tiene dentro ese chaval que tenía que sacar la cabeza y doblar el cuello hacia arriba para ver si estaba nublado o hacía sol en aquel cuadrado de cielo. Y que era feliz con ese cuadrado de cielo, pero eso no le impedía desear mucho más...
Me deja sin parole ver que la vecina del cuarto sigue afilando los cuchillos en el poyete (sin importarle que en el piso de abajo, el nuestro, haya lo que haya tendido), que por las noches la banda sonora incluye siempre un batir de huevos para la tortilla, que las madres siguen hablando con sus hijos a gritos de una punta a otra de la casa (con el patio en medio, claro, pero eso da igual…), que las quinceañeras se ponen la radio a volumen máximo para arreglarse los sábados por la tarde, que el sonido de las ruedas del tendedero de enfrente es una forma de compañía y que el patio de una casa cuenta cómo son las familias españolas mejor que cualquier ensayo de Amando de Miguel.
Ahora es domingo y debo ducharme ya mismo, porque vienen todos mis hermanos a comer a casa. Y eso, cuando uno tiene familia numerosa y más de 30 años, significa niños, parejas y alguna tía soltera. Diecisiete personas. Es que hoy sólo vienen los de casa… Y luego yo mismo me extraño de por qué me gusta tanto pasar la tarde en el silencio adormecido del runrún del portátil…
lunes 12 de mayo de 2008
Escribe un sí en mi techo
"ESCRIBE UN SÍ EN MI TECHO."
(Amputee, Scott Matthew)
Hoy he pasado el día con Scott Matthew. Con su música, vamos. Tenía que escribir una crítica sobre su disco, que se llama igual que él, y desde las 10 de la mañana no ha dejado de sonar por toda la casa. Amputee mientras hacía la cama. Abandoned entre frase y frase. Little Bird haciendo las croquetas. Upside Down recién levantado de la siesta. In the End ahora mismo…
Conocí a Scott Matthew como todo hijo de vecino que no viva en Nueva York ni sea amigo de Antony & the Johnsons: en la película Shortbus. Los que me leéis hace tiempo ya sabéis lo que me gusta esa peli (os lo conté ya). Pues ahora viene a tocar en directo a Madrid y Barcelona, y han sacado su único disco hasta el momento. Con él en la mano, leyendo sus letras, he sufrido una sobrecarga sentimental en este lunes de mayo.
Scott Matthew canta desnudándose. Todo lo que fluye en su voz es pura verdad. Es un tímido de los que sólo saben quitarse el caparazón de una vez, y romperse en el escenario. Y a mí me rompe un poco, también. ¿Cómo iba a ser de otro modo con letras como ésta?
Pero cuando te vas,
¿no te sientes a veces
como un amputado?
Si la respuesta es sí,
por favor,
escribe un “Sí”
en mi techo.
Scott Matthew no tiene vídeos de sus canciones, sólo actuaciones grabadas aquí y allá. Os dejo una. Trata de fantasmas que aparecen en tu cama, de personas que se encuentran y hablan el mismo lenguaje, de gente que se va. Ahí queda. Ojalá os guste.
lunes 5 de mayo de 2008
Con esa tonta sensación de libertad
"...CON ESA TONTA SENSACIÓN DE LIBERTAD..."
(El bello verano, Family)
Escucho la lavadora desde la pequeña habitación en la que escribo. Allí, en la cocina, la máquina intenta borrar los restos de cinco días en la playa. La maleta ya descansa en el armario, pero unos cuantos objetos se amontonan en la cama. Me conozco y sé que no será hasta que me acueste cuando pasen a ocupar su lugar. Algún recorte de periódico, la cámara ya vacía de fotos, esos calcetines que no usé (mira que me había propuesto en serio empezar a correr), los libros que no leí y el aftersun.
El jueves, en el camino, me deprimía ver cientos de coches escapando de Madrid. ¿De qué huyen?, me preguntaba. Algo histérico y grisáceo flotaba por encima de los capós. Lo que podían haber sido 5 horas (tal vez algo más) acabaron siendo 7 y sobrecarga de cansancio.
Pero pronto: tostadas con aceite y tomate, sol, crema protectora factor 6, cabezadas en la arena, gambas rojas de La Garrucha, conversaciones relajadas con varios Baileys por medio, un cortijo en plena noche, brisa, chiringuitos, helado en el paseo después de cenar y mar, mucho mar. Mucho mirar al mar.
Es agradable esa tonta sensación de libertad que cantaba Family. Y más agradable aún cuando se alarga un poco más y uno desayuna un lunes después de un puente en pleno paseo marítimo. No quedaba nadie. Sólo nosotros.
Resumo estos días en unas fotos. Una de mar y casas (y un modelo que espontáneamente posó para ello, yo no hice nada, de verdad…) y otra de mesa y amigos. Falta una fotografía, un paisaje de otro sur más al norte, en el que un okupa se apodera del significado de viejas canciones. Un hombre que mira al mar es un hombre que añora algo. Mucho mirar al mar.
miércoles 30 de abril de 2008
De que acabe el invierno
"...DE QUE ACABE EL INVIERNO..."
(El bello verano, Family)
Conecto el iPod a los altavoces y le doy a "sesión aleatoria". Puede salir cualquier cosa, pero salta Family y canta lo de Tengo ganas de fiesta /de acabe el invierno /de volver a nadar en el mar…
Ganas de fiesta la verdad es que no tengo (de hecho estaba invitado ayer a la fiesta despedida de Fama…y no fui; sí, fantásticos míos, he estado enganchado a ese programa todas las siestas), pero de que acabe el frío y volver a nadar en el mar, muchas. Por eso me marcho mañana por la mañana camino de Almería. Un puente como el que tenemos en mayo en Madrid (el 2 es la fiesta de la comunidad, por lo del cuadro ése de Goya) es un simulacro de verano. A menudo es la primera vez que se saca el bañador, las cremas (¿llevo de 8?, ¿de 4?), los aftersunes y las chanclas.
Por un momento he pensado ¿me llevo el portátil? ¿qué hago yo sin Semana Fantástica hasta el lunes por la tarde, cuando regreso? Menos mal que a uno le quedan dos dedos de inteligencia… Y es capaz de superar esa separación.
Cuídense, fantásticos míos. Nos vemos a la vuelta. Si es posible, hagan un simulacro de verano, y abrácense a lo más bonito que tengan cerca.
lunes 28 de abril de 2008
Camisetas
CAMISETAS
(El apetito, Luis Muñoz)
Se cambiaron la ropa entre los dos
en los primeros días.
La camiseta negra con los dioses aztecas
recuerdo de un museo,
por el jersey fino de pico
de listas amarillas veteadas de azules.
El polo añil gastado de hacía cinco años,
por el blanco de seda, como alado y de puntos,
de cuello blando y grande.
Era como un abrazo ceñido y vaporoso.
Acostumbrar tu piel al tacto de la suya,
imponerlo al salir como una caricia.
Si se encontraban solos en citas agridulces
con antiguos amantes,
la dulzura del otro
soplaba en el tejido.
Si se encontraban lejos como una sombra débil
al borde de las sombras,
el otro aparecía como una fortaleza.
Era la afirmación que siempre les faltaba,
el toque permanente de alerta en sus afectos.
Y, eso sí, no escucharon que nadie les dijera:
los hilos de la tarde se cosen sin la tarde.
(Me vais a perdonar que esta vez no diga nada... Esto es un regalo. Algo que debió ser hace unos días, y no fue, y ahora es. Va por usted, Mr. Greek, en su día. Y para todos los demás... Nunca viene mal un chute de poesía como ésta, ¿no creéis?)
miércoles 23 de abril de 2008
Ocho de la mañana
OCHO DE LA MAÑANA
(El apetito, Luis Muñoz, 1998)
Le miro cómo duerme enredado en la sábana.
La esponja del descanso le borra los sentidos.
Deja pasar dos planchas moteadas de luz
la ventana entreabierta,
picotea en el borde de un tiesto de geranios
un gorrión tremante
con ojos de cabeza de alfiler
y el picoteo se hace
del ritmo de una frase inquisitiva.
Pero no se despierta.
Se abraza a la almohada, se hunde como en nubes
y me atrapa al volverse alzando una rodilla.
No sé si formo parte de su sueño.
Querer es una escala y no sé si alcanza al sueño.
Hoy sólo podía escribir (¿responder?) con poema. Curiosos los textos que durante un tiempo significaron algo, para luego componer otro relato, y más tarde significar una nueva historia. Querer es una escala y no sé si alcanza al sueño. Un verso de ésos que se me han quedado grabados en la memoria desde la primera vez que lo leí. Porque cuando algo verdadero se dice de esa manera, rompe.
Hoy quiero dedicárselo a quien sepa entenderlo. Querer es una escala.

